Poetas Latinoamericanos

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Carlos Castro Saavedra

(1924 - 1989)

MATERNIDAD

Si un hijo la abrumaba, no sabía.
Al principio pesaba lo que un nido.
Lo que una voz, sin voz para el gemido.
Lo que un perfume en trance de agonía.

Luego supo que el hijo nacería
porque miró su seno convertido
en un tallo de mies, donde el latido
del corazón en leche florecía

Más tarde toda se sintió vencida
por su propia cintura -mies crecida-
hasta el cielo redondo de su pecho.

Y un día casi azul, de madrugada,
se sintió por un niño desgarrada
sobre el lirio impasible de su lecho.

PLEGARIA DESDE AMÉRICA

Me llamo Carlos, soy nuevo, soy de América,
vivo en el sur de América con un hijo reciente,
mis pies son claros y anchos como la madrugada,
mi rostro es matinal, todo mi cuerpo es verde,
sobre mi pecho pastan búfalos y caballos
y el sol abre amapolas con su mano caliente.

Creo en el pescador, en sus pescados y en sus redes,
me gusta ver un pueblo estrenando palomas,
siempre espero una carta con noticias del mundo,
espero el pan, la paz, el amor, los manteles,
espero con mi hijo junto a las estaciones
y pienso que el futuro va a llegar en los trenes;
defiendo mi esperanza, amo mi juventud,
pongo un beso en la puerta de mi casa,
lo pongo con amor de centinela,
después me voy, me voy de bala en bala,
de granada en granada deshojando la guerra.
¿Quién que tenga mi edad no me acompaña,
quién con mis dulces años no me sigue,
quién que vea brotar espigas de su pecho
no se pone del lago de su espigada juventud?
¿Quién en Colombia, en mi país dorado,
quién en cualquier país agricultor,
quién en toda la América, en sus mares,
quién en toda la tierra, en la espaciosa tierra,
no defiende las vidas que recién amanecen
y le arranca las muertes a la guerra?

Yo sé que somos muchos, que somos casi todos,
somos millones de hombres y de pájaros,
millones de mujeres y de auroras,
somos una familia mundial de resplandores
y no hay un solo hermano que quiera ser soldado
ni hay un solo soldado
que quiera disparar sobre las flores.
Nadie quiere trincheras, todos queremos surcos,
queremos tallos dulces en lugar de fusiles,
y en vez de municiones queremos dulces granos
y graneros repletos de marzos y de abriles.

El carpintero de veinte años
se niega a fabricar culatas y armamentos,
y su hermano que vende manzanas en la calle
prefiere hablar de frutas que conversar de muertos.

El joven del taller y el muchacho del trigo
se niegan a marchar con un tambor de fuego,
y el uno se defiende con chispas de su fragua
y el otro con espigas y explosiones del suelo.
Jóvenes labradores y jóvenes canteros
construyen una casa de bueyes y de piedras
y se niegan a abrirla cuando pasa la guerra
y llama a las ventanas y a las puertas.

Oh juventud, aroma de altos cedros,
perfume de entusiastas geologías vivas,
espeso movimiento de toros y de árboles,
furioso amor, preñez de cordilleras.
Oh juventud, océano de soles, mar de cantos,
rumorosa y profunda madera de guitarras,
piel numerosa y fértil contra las bayonetas,
piel fértil que floreces en donde te desgarras.

Allí donde la carne se abrió, donde la carne
recibió los mordiscos de la pólvora,
ha brotado una flor dura y cicatrizada
y aquellos que volvieron, los muchachos
que volvieron ayer de las trincheras,
se tocan esa flor y se prometen
golpear con ella el odio y los cuarteles,
golpear loa casa de los generales,
hasta que se desplomen las espadas
entre un clamor de orquídeas y metales.
Todos están de pie, todos estamos
de pie junto a los años fornidos que tenemos
y como leñadores trabajamos
y con una corteza de amor nos defendemos.

*
En la China el muchacho que cultiva arrozales
y esparce por el campo su cara de semilla,
devuelve los cañones a medida que avanza
envuelto en el relámpago de su carne amarilla.

El joven de Alemania reconstruye sus cúpulas,
azota sobre el Rhin su camisa de sangre,
y siente que en sus manos retoña la blancura
como si la camisa se volviera más grande.

El negro de Abisinia, el nocturno mancebo
que rompe la envoltura de la noche africana,
ignora que en sus dedos va a florecer el mundo
y que en sus sientes lleva sonriendo la mañana.

Muchachos argentinos se dan cita en la pampa,
jóvenes bolivianos se juntan en las minas,
y levantan la frente del pasto y el estaño
y la llenan de noble sudor de golondrinas.

En bandadas los hijos menores de las patrias,
vuelan de patria en patria y apagan la candela
que el pastor descuidado deja entre sus rebaños
y que la oveja negra propaga por la tierra.
Hasta el viejo que tiene una muleta joven
defiende el porvenir, guarda el campo sembrado,
y les dice a sus nietos que su barba madura
es mucho más hermosa que un cerezo incendiado.

*
Ninguno se abandone ni se quede
abandonado en medio de su frente;
acudan todos a escoltar la vida
y a quitarle las armas a la muerte.
Acudan de la India, de sus ríos sagrados,
acudan de los ríos musicales de Italia,
a inundar los caminos que Dios puso en la tierra
con el pie florecido en la joven sandalia.
Acudan a mi casa de América, a mi casa,
a decir con mi lengua mundial esta plegaria:

Señor, queremos paz sobre los montes
y paz sobre los ríos y los mares, Señor;
pacíficas estrellas en el cielo
y en los ojos de buey lunas pacíficas;
mansedumbre en el pecho de los hombres
y en el de las mujeres mansedumbre;
silencio para el sueño de los muertos
y para el de los vivos más silencio;
amor bajo la piel de las naciones
y encima de la piel cicatrices de amor;
congregantes campanas en los pueblos
y en las aldeas domingos congregantes;
una paloma al pie de Norteamérica
y en los hombros de Rusia otra paloma;
una sola bandera en los armarios
y en los días festivos una sola;
pan en la mesa de los panaderos
y en la mesa de todos vino y pan;
libertad para amar, para creer,
y para hacer la vida libertad;
música en el oído del obrero
y en las fábricas pájaros y música;
pinturas en los muros, en las piedras,
y en los libros poemas y pinturas
alegría muscular en los estadios
y en las camisas verdes alegría;
esperanza sin sombra por la noche
y por el día andamios y esperanza;
misericordia para los vencidos
y para el vencedor misericordia;
piedad, justicia y besos para todos
y para todos madre y más piedad;
por un rifle un millón de tulipanes
y por cada soldado otro millón;
sinfonías a cambio de batallas
y a cambio de explosiones sinfonías;
coraje entre las manos juveniles
y entre los corazones más coraje;
fuerza para creer en el futuro
y para perdurar mucha más fuerza;
paz hasta que se arruguen los cuchillos
y hasta que caiga el odio paz y paz;
paz en el alma, paz en la mirada,
y paz mil veces y mil veces paz.

LOS LABRIEGOS OCULTOS

Hoy he visto una rosa encarnada
y he pensado en la tierra ancha y fértil
y en los muertos que debajo de la tierra
tejen raíces, pétalos y flores.
Los muertos trabajan en silencio
desde hace muchas lunas y muchos soles.
Trabajan sin afán, pacientemente,
y nunca se envanecen de su obra.
Son ocultos y humildes. Tan humildes,
que duermen en dos metros de barro solamente
y allí mismo fabrican la hermosura del trigo.

A los muertos se debe todo lo que florece
todo lo que madura en los sembrados,
todo lo que cosechan las manos sembradora.
Ellos son los que tejen las amapolas
con hilos de su propia sangre.
Ellos son los que doran la piel de los racimos
con el poco de fuego
que aún conservan de la vida.
Ellos son los que crecen,
cerca de las aldeas,
convertidos en rubias plantaciones de espigas.

Todo el verde del mundo,
el verde innumerable de los bosques,
el verde de la hierba -verde niño-,
el verde de la alfalfa y las colinas,
a los muertos se debe.

Sólo quiero agregar que la tierra es sagrada
y que el hombre que pisa con sus plantas un surco,
turba el silencio donde están los muertos
abriendo las semillas con sus manos nevadas.

TE QUIERO POR SENCILLA

Te quiero por sencilla, por semejante al heno
que cultivan las manos de un campesino bueno.

Te amo por laboriosa, por el rumor de abeja
que tienen tus agujas sobre la ropa vieja.

Simplemente recoges en tu falda los días,
como hojas amarillas, como mis agonías.

Haces el pan, el beso, los hijos, el camino,
los domingos de lana, los manteles de lino,
y yo te amo, mujer, te amo y te siento
Más cerca de mi pecho que de tu pensamiento.

EL PROFESOR

Yo no te odio, profesor.
Odio lo que ha salido de tu cuerpo sin vida
hacia los estudiantes limpios y reunidos
al pie de tu pequeño cadáver de notario.
Sobre la juventud de páginas en blanco
tu escritura ha dejado una huella terrible,
ha dejado las letras y las leyes
tu enfermedad legislativa.
¿Cuándo ha salido de tu boca
una sola palabra con fiebre de paloma,
una rosa, un relámpago, una rama
llena de quemaduras verdes y positivas?
Sólo la encuadernada lección de tu saliva,
la secreción impresa de tus conocimientos,
y las generaciones invadidas
por la tinta, las fechas y los muertos.

El humo en los tejados construye sus columnas
y el futuro edifica diamantes y esqueletos,
mientras tu mano arruga la sangre de los niños
y te salen batallas perdidas de los huesos.

Las universidades se tocan la cintura
como buscando un sitio para sus nuevos partos,
pero en tus pegajosas tinieblas judiciales
se pierde este deseo de madres y de manos.

Sin embargo la vida ataca tus cavernas,
el viento pasa lleno de abejas por los barrios,
y los muchachos crecen como dulces fenómenos
y revocan tu pobre sustancia de parágrafos.

Renuncia, profesor, a detener la aurora,
a manchar la belleza del mundo con tus labios,
y a enseñar que las noches son legales
y constitucionales los espantos.

Vete a tu casa y piensa largamente
que son cosas distintas las tumbas y las aulas,
y que los ataúdes llevan vestidos negros
mientras los estudiantes usan camisas blancas.

LAS TRENZAS LEJANAS

Yo amé desde un principio tu sencillez de dalia,
tu pudor de semilla que se viste hasta el fondo,
y el amor con que hacías tus trenzas bajo el cielo
y escuchabas mis versos como un ave en el hombro.
Tu andar de sementera, de parcela espigada,
tu lengua constelada de honorables silencios,
y tus manos en guerra, sobre tu falda verde,
con las ganaderías que apacientan los vientos.
Amé tu timidez, tu cima de arreboles,
tu cabeza inclinada sobre tu pecho doble,
y tu color de espiga cuando el sol te besaba
y cerrabas los ojos bajo el beso de cobre.
Tu casa entre los árboles, tu nido de hojas duras,
tu domingo poblado de cúpulas remotas,
y el pueblo donde oías la misa y las abejas
rezando en los panales humanos de las bocas.
Pensabas azahares, naranjas y costuras,
te ponías en el pelo flores de enredadera,
y a solas contemplabas la niñez de los pájaros
meciéndose en la cuna de toda la arboleda.
De cerca te seguía mi amor con su corona,
tu corazón brillaba por sus rojas orillas,
y de la agricultura salían resplandores
de racimos maduros y de doradas piñas.
Cuando llovía en los montes lejanos te nublabas,
te ibas poniendo triste como toda la niebla,
y era que comenzabas a quererme, paloma,
y a sentirte campana de mis torres de piedra.
Los días me acercaban a tu piel y a tu ropa,
me candidatizaban labriego de tu vientre,
y tú escuchabas pasos de bueyes y de arados
encima de tu vida y encima de tu muerte.
Cuánto sudor después, cuánta faena honrada,
Cuánto golpe de pala y de herradura ciega,
hasta llegar los dos, vestidos de semillas,
a iluminar las fiestas más hondas de la tierra!

SONETO DEL AMOR SIN ORILLAS

Vámonos por los ríos, abrazados,
heridos de besarnos, como peces,
vámonos por los ríos y los meses
a fecundar los mares desolados.
Desgarremos las olas como arados,
rodemos por el agua como mieses,
y de cosechas y espumosas reses
llenemos las praderas y los prados.
Poblemos todo el mundo de nosotros,
de nuestra cantidad, de nuestros rostros,
de la sed que nos quema las entrañas.
Por el mar y la tierra, compañera,
vámonos a gastar la calavera
y a construir volcanes y montañas.

VESTIDA COMO EL CAMPO

De verde te amo más, con el vestido
que se parece al campo cuando llueve,
y el pasto se emociona y multiplica
su verdura por nueve.
Ataviada de selva, de árbol joven,
por mi casa mensual cantas, caminas,
y despreocupas las habitaciones
con tu aroma de encinas.
Pienso que te sembré, que soy labriego,
que tu seno es el fruto de mi arado,
y que te salen hojas de la vida
y ramas del costado.

Te quiero más así, toda de verde,
olorosa a madera, esperanzada,
como recién salida de la tierra
con la cara mojada.

Déjame recostar sobre tu falda,
soñar que me he perdido en tu follaje,
y que un hijo me busca como loco
debajo de tu traje.




José Santos Chocano

(1875 - 1934)

LOS VOLCANES

Cada volcán levanta su figura,
cual si de pronto, ante la faz del cielo,
suspendiesen el ángulo de un vuelo
dos dedos invisibles de la altura.

La cresta es blanca y como blanca pura:
la entraña hierve en inflamado anhelo;
y sobre el horno aquel contrasta el hielo,
cual sobre una pasión un alma dura.

Los volcanes son túmulos de piedra,
pero a sus pies los valles que florecen
fingen alfombras de irisada yedra;

y por eso, entre campos de colores,
al destacarse en el azul, parecen
cestas volcadas derramando flores.

CANTO AL RÍO MAGDALENA

II
CIUDAD DORMIDA

                                                  A Climaco Soto Borda

Cartagena de Indias: tú que a solas
entre el rigor de las murallas fieras,
crees que te acarician las banderas
de pretéritas huestes españolas;
tú, que ciñes radiantes aureolas,
desenvuelves, soñando en las riberas,
la perezosa voz de tus palmeras
y el escándalo eterno de tus olas...
¿Para qué despertar, bella durmiente?
Los piratas tus sueños mortifican,
mas tú siempre serena te destacas;
y los párpados cierras blandamente,
mientras que tus palmeras te abanican
y tus olas te mecen como hamacas...

LA AMÉRICA LOCA

Pueblos de tumulto, paisajes de fiebre,
la América es una locura de Sol. Imperios ceñidos en pompas guerreras,
ciegos de lujuria, sordos de fragor:
sacerdotes que abren sangrientas entrañas
en los sacrificios a su fiero dios;
déspotas enfermos que arrastran las horas
en sensualidades ayunas de amor;
pueblos voluptuosos como sus poetas
imaginativos y sin corazón...

Llega, al fin, España con la Cruz doliente
de los ocho siglos en que combatió;
y un tropel de sombras (dioses a caballo)
fatiga los Andes como un estertor,
Pizarro y Almagro cruzan sus espadas
en un fratricidio que sigue hasta hoy.
Cortés en los brazos de Doña Marina
confunde dos sangres de cálido hervor;
y surge la recia figura de un grifo
con plumas de Aguila y crin de León.

La tristeza mora viene del Desierto
sentada a la grupa del potro español,
y sus voces hallan eco en la tristeza
de loa Andes llenos de estupefacción:
tras el sacerdote de trágicos ritos,
se asoma el fantasma del inquisidor;
y entre crueldades y melancolías,
florece una casta lúgubre y feroz

El gesto piadoso de Fray de las Casas
impone en la América un daño mayor.
La sangre africana se mezcla a la sangre
que mezclara el indio con el español;
y la decadencia da flores malsanas
de bellos matices, pero sin olor;
mujeres que inspiran sensuales angustias
y poetas sólo de imaginación.

Tres siglos de historias que parecen cuentos,:
cortes de virreyes ebrias de color.
Tal las aventura,, en noches plateadas,
escala de seda, morisco balcón;
falsos juramentos, furtivos galanes,
calesas que acuden a Citas de amor;
aceros que urgidos sacrílegamente
en las catedrales turban la oración;
toda la elegancia vil del donjuanismo lúbrico,
blasfemo, loco y reñidor.
Próceres ilusos en un grito rompen;
y a través de un siglo se pierde su voz.
Y empieza esta inútil orgía de sangre,
de la que se apartan los ojos de Dios,

¡Pueblos de tumulto, pasajes de fiebre,
la América era una locura de Sol!

VIDA NÁUFRAGA

Busco obstinadamente un metro cuadrado
de tierra, en que los hombres me dejen levantar
una torre muy alta, como nadie ha soñado...
¡ Y cuando, al fin, lo encuentro, la vida me echa al mar!

Sólo un metro cuadrado busco de tierra firme:
(tal el "punto de apoyo" que pidió el Sabio aquél);
que en él, si no la torre que soné construirme
plantarían mis manos un rosal y un laurel

Cuantas veces me empeño por poner a mi ensueño
una base tranquila, cierta voz dice: -¡andar!-
En vez de árbol que arraiga, soy apenas un leño
condenado al insomnio convulsivo del mar...

Este metro cuadrado que en la tierra he buscado,
vendrá tarde a ser mío. Muerto, al fin, lo tendré...
Yo no espero ya ahora más que un metro cuadrado
donde tengan un día que enterrarme de pie.

EL AMOR DE LAS SELVAS

Yo apenas quiero ser humilde araña,
que en torno tuyo su hilazón tejiera;
y que, como explorando una montaña,
se enredase en tu misma cabellera.

Yo quiero ser gusano: hacer encaje;
dar mi capullo a las dentadas ruedas;
y, así, poder, en la prisión de un traje,
sentirte palpitar bajo mis sedas...

Y yo quiero también, cuando se exhala
toda esta fiebre que mi amor expande,
ir recorriendo la salvaje escala,
desde lo más pequeño a lo más grande.

Yo quiero ser un árbol: darte sombra;
con mis ramas en flor hacerte abrigo;
y, con mis hojas secas, una alfombra,
donde te echaras a soñar conmigo...

Yo soy bosque sin trocha: abre el sendero!
Yo soy astro sin luz: prende la tea!
Cóndor, boa, jaguar, yo apenas quiero
ser lo que quieres tú que por ti sea!

Yo quiero ser un cóndor: hacer gala
de aprisionar un rayo entre mi pico;
y, así, soberbio. . ., regalarte un ala,
para que te hagas della un abanico.

Yo quiero ser boa: en mis membrudos
lazos ceñirte la gentil cintura;
envolver las pulseras de mis nudos;
y morirme, oprimiendo tu hermosura. . .

Yo quiero ser jaguar de tus montañas;
y arrastrarte a mi propia madriguera.
Para poder abrirte las entrañas. . .
y ver si tienes corazón siquiera!

AMOR DE LOS ANDES

Señora: ¿con qué timbres se ostentan mis amores?
Señora: ¿qué grabados ilustran mi broquel?
¡Las trágicas leyendas de cien Conquistadores,
las armas de dos mundos y un gajo de laurel¡
Me ha dicho un viejo infolio que apenas una gota
de sangre de Gonzalo de Córdoba hay en mí.
no sé; pero yo he sido de aquella edad remota
y siento las grandezas del siglo en que viví.
Por eso a vos me llego -¿lo comprendéis ahora?-
con majestad de Inca y orgullo de español;
Y os doy un timbre y otro para escoger, señora :
¡el de mi madre Iberia o el de mi padre el Sol!
Mi amor no es el del niño de la visión pagana...
Conquistador o Inca, yo siento aquel afán
que pone bajo el pecho la tierra americana,
con ímpetus de Río y espasmos de Volcán
Si os ablandáis al ruego, culminaré mi vida:
me sentiré más digno, de mi épico blasón;
y os quedaréis, señora, mirando sorprendida
que le aparecen alas de cóndor al león...
Sabed, señora mía, que soy uno de aquellos
que tienen algo en su alma de bosque tropical.
Los déspotas me asombran: pero yo soy como ellos:
¡después que ellos libaban, rompían el cristal!

Sabed que sois el culto, de mi pasión avara:
Por vos hiciera esfuerzo que nadie imaginó
Después ... os mataría ¡para que nadie osara
Poner su pensamiento donde lo puse yo!




Rubén Darío

(1867 - 1916)

LA NEGRA DOMINGA

¿Conocéis a la negra Dominga?
Es retoño de cafre y mandinga,
Es flor de ébano, henchida de sol.

Ama el ocre y el rojo y el verde,
y en su boca, que besa y que muerde,
tiene el ansìa del beso español.

Serpentina fogosa y violenta,
con caricias de miel y pimienta
vibra y muestra su loca pasión;

fuegos tiene que Venus alaba
y envidiara la reina de Saba
para el lecho del rey Salomón.

Vencedora, magnífica y fiera,
con halagos de gata y pantera
tiende al blanco su abrazo febril,
y en su boca, do el beso está loco,
muestra dientes de carne de coco
con reflejos de lácteo marfil.

LA BAILARINA DE LOS PIES DESNUDOS

Iba en un paso rítmico y felino
a avances dulces, ágiles o rudos,
con algo de animal y de divino,
la bailarina de los pies desnudos.

Su falda era la falda de las rosas,
en sus pechos había dos escudos...
Constelada de casos y de cosas...
La bailarina de los pies desnudos.

Bajaban mil deleites de los senos
hacia la perla hundida del ombligo,
e iniciaban propósitos obscenos
azúcares de fresa y miel de higo.

A un lado de la silla gestatoria
estaban mis bufones y mis mudos...
Y era toda Selene y Anactoria
la bailarina de los pies desnudos!

A COLÓN

¡Desgraciado Almirante! Tu pobre América,
tu india virgen y hermosa de sangre cálida,
la perla de tus sueños, es una histérica
de convulsivos nervios y frente pálida.

Cristo va por las calles flaco y enclenque,
Barrabás tiene esclavos Y charreteras,
Y las tierras del Chibcha, Cuzco y Palenque
han visto engalonadas a las panteras.

Duelos, espantos, guerras, fiebre constante
en nuestra senda ha puesto la suerte triste:
¡Crist6foro Colombo, pobre almirante,
ruega a Dios por el mundo que descubriste!

LO FATAL

Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque ésa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
y no saber a dónde vamos,
ni de dónde venimos!...

MARCHA TRIUNFAL

¡Ya viene el cortejo!
¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines.
La espada se anuncia con vivo reflejo;
ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines.

Ya pasa debajo los arcos ornados de blancas Minervas y Martes,
los arcos triunfales en donde las Famas erigen sus largas trompetas,
la gloria solemne de los estandartes
llevados por manos robustas de heroicos atletas.
Se escucha el ruido que forman las armas de los caballeros,
los frenos que mascan los fuertes caballos de guerra,
los cascos que hieren la tierra
y los timbaleros,
que el paso acompasan con ritmos marciales.
¡Tal pasan los fieros guerreros
debajo los arcos triunfales!
Los claros clarines de pronto levantan sus sones,
su canto sonoro,
su cálido coro,
que envuelve en un trueno de oro
la augusta soberbia de los pabellones.
Él dice la lucha, la herida venganza,
las ásperas crines,
los rudos penachos, la pica, la lanza,
la sangre que riega de heroicos carmines
la tierra;
los negros mastines
que azuza la muerte, que rige la guerra.

Los áureos sonidos
anuncian el advenimiento
triunfal de la Gloria;
dejando el picacho que guarda sus nidos,
tendiendo sus alas enormes al viento
los cóndores llegan. ¡Llegó la victoria!

Ya pasa el cortejo.
Señala el abuelo los héroes al niño:
-ved cómo la barba del viejo
los bucles de oro circunda de armiño-.
Las bellas mujeres aprestan coronas de flores,
y bajo los pórticos vence sus rostros de rosa;
y la más hermosa
sonríe al más fiero de los vencedores.
¡Honor al que trae cautiva la extraña bandera;
honor al herido y honor a los fieles
soldados que muerte encontraron por mano extranjera!
¡Clarines! ¡Laureles!
Las nobles espadas de tiempos gloriosos,
desde sus panoplias saludan las nuevas coronas y lauros-:
Las viejas espadas de los granaderos, más fuentes que osos,
hermanos de aquellos lanceros que fueron centauros-.
Las trompas guerreras resuenan;
de voces los aires se llenan...
A aquellas antiguas espadas,
a aquellos ilustres aceros,
que encarnan las glorias pasadas...
Y al sol que hoy alumbra las nuevas victorias ganadas,
y al héroe que guía su grupo de jóvenes fieros,
al que ama la insignia del suelo materno,
al que ha desafiado, ceñido el acero y el arma en la mano,
los soles del rojo verano,
las nieves y vientos del gélido invierno,
la noche, la escarcha
y el odio y la muerte, por ser por la patria inmortal,
saludan con voces de bronce las trompas de guerra que tocan la marcha triunfal!...
(1895).

ERA UN AIRE SUAVE

Era un aire suave, de pausados giros;
el hada Armonía ritmaba sus vuelos,
e iban frases vagas y tenues suspiros
entre los sollozos de los violoncelos.

Sobre la terraza, junto a los ramajes,
diríase un trémolo de liras eolias
cuando acariciaban los sedosos trajes,
sobre el tallo erguidas, las blancas magnolias.

La Marquesa Eulalia risas y desvíos
daba a un tiempo mismo para dos rivales:
el vizconde rubio de los desafíos
y el abate joven de los madrigales.

Cerca, coronado con hojas de viña,
reía en su máscara Término barbudo,
y, como un efebo que fuese una niña,
mostraba una Diana su mármol desnudo.
Y bajo un boscaje del amor palestra,
sobre rico zócalo al modo de Jonia,
con un candelabro prendido en la diestra
volaba el Mercurio de Juan de Bolonia.
La orquesta perlaba sus mágicas notas;
un coro de sones alados se oía;
galantes pavanas, fugaces gavotas
cantaban los dulces violines de Hungría.
Al ori las quejas de sus caballeros,
ríe, ríe, ríe la divina Eulalia,
pues son so tesoro las flechas de Eros,
el cinto de Cipria, la rueca de Onfalia.
¡Ay de quien sus mieles y frases recoja!
¡Ay de quien del canto de su amor se fíe!
Con sus ojos lindos y su boca roja,
la divina Eulalia, ríe, ríe, ríe.
Tiene azules ojos, es maligna y bella;
cuando mira, vierte viva luz extraña;
se asoma a sus húmedas pupilas de estrella
el alma del rubio cristal de Champaña.

Es noche de fiesta, y el baile de trajes
ostenta su gloria de triunfos mundanos.
La divina Eulalia, vestida de encajes,
una flor destroza con sus tersas manos.

El teclado armónico de su risa fina
a la alegre música de un pájaro iguala.
Con los staccati de una bailarina
y las locas fugas de una colegiala.

¡Amoroso pájaro que trinos exhala
bajo el ala a veces ocultando el pico;
que desdenes rudos lanza bajo el ala,
bajo el ala aleve del leve abanico!
Cuando a media noche sus notas arranque
y en arpegios áureos gima Filomela,
y el ebúrneo cisne, sobre el quieto estanque,
como blanca góndola imprima su estela,

la marquesa alegre llegará al boscaje,
boscaje que cubre la amable glorieta
donde han de estrecharla los brazos de un paje,
que siendo su paje será su poeta.

Al compás de un canto de artista de Italia
que en la brisa errante la orquesta deslíe,
junto a los rivales, la divina Eulalia,
la divina Eulalia, ríe, ríe, ríe.

¿Fue acaso en el tiempo del rey Luis de Francia
sol con corte de astros, en campos de azur,
cuando los alcázares llenó de fragancia
la regia y pomposa rosa Pompadour?
¿Fue cuando la bella su falda cogía
con dedos de ninfa, bailando el minué,
y de los compases el ritmo seguía
sobre el tacón rojo, lindo y leve el pie?

¿O cuando pastoras de floridos valles
ornaban con cintas sus albos corderos,
y oían, divinas Tirsis de Versalles,
las declaraciones de sus caballeros?
¿Fue en ese buen tiempo de duques pastores,
de amantes princesas y tiernos galanes,
cuando entre sonrisas y perlas y flores
iban las casacas de los chambelanes?

¿Fue acaso en el Norte o en el Mediodía?
Yo el tiempo y el día y el país ignoro,
pero sé que Eulalia ríe todavía,
¡y es cruel y eterna su risa de oro!
(1893).

SINFONÍA EN GRIS MAYOR

El mar, como un vasto cristal azogado,
refleja la lámina de un cielo de zinc;
lejanas bandadas de pájaros manchan
el fondo bruñido de pálido gris.

El sol, como un vidrio redondo y opaco,
con paso de enfermo camina al cenit;
el viento marino descansa en la sombra,
teniendo de almohada su negro clarín.

Las ondas que mueven su vientre de plomo
debajo del muelle parecen gemir.
Sentado en un cable, fumando su pipa,
está un marinero pensando en las playas
de un vago, lejano, brumoso país.

Es viejo este lobo. Tostaron su cara
los rayos de fuego del sol del Brasil;
los recios tifones del mar de la China
le han visto bebiendo su frasco de gin.

La espuma, impregnada de yodo y salitre,
ha tiempo conoce su roja nariz,
sus crespos cabellos, sus bíceps de atleta,
su gorra de lona, su blusa de dril.

En medio del humo que forma el tabaco
ve el viejo el lejano, brumoso país,
adonde una tarde caliente y dorada,
tendidas las velas, partió el bergantín...

La siesta del trópico. El lobo se duerme.
Ya todo lo envuelve la gama del gris.
Parece que un suave y enorme esfumino
del curvo horizonte borrara el confin.

La siesta del trópico. La vieja cigarra
ensaya su ronca guitarra senil,
y el grillo preludia un solo monótono
en la única cuerda que está en su violín.




César Dávila Andrade

(1918 - 1967)

CARTA A LA MADRE

A estas horas ya habrás cenado
ese pan tan delgado que al mirarlo
produce una sonrisa y una lágrima.

Y pensar que yo nunca sentí tu hambre,
que te robé un árbol azul y dos arbustos blancos
y que por eso hoy tienes marchitas ya las venas,
y descalza la blanca altura de los senos,
y que un ángel oscuro con un nombre extranjero,
tal si fuera una puerta, a tu esternón golpea...

No madrugues a misa ni cojas el sereno.
Y sé muy bien que amas con el dolor de Cristo.
Mil noches de costuras te han llagado los ojos
y la malva de tus sagradas manos
tiembla ya con el viento que gira en la ventana.

No sufras porque el sábado amanezca con lluvia
ni porque el río baje con un ramo de lirios.
No sufras porque ha muerto esa gallina blanca
con la que hablara en sueños, una noche, mi hermana.

Ya recibí tu carta. Escrita con romero y pestañas azules!
Me cuentas que se ha muerto mi prima María Augusta.
Ahora que estoy lejos te diré: Yo la amaba.
Mi timidez de entonces me quebró las palabras!
Baja mañana a verla con un ramo de nardos
y recítale alguna oración impalpable.

Dile que ya no bebo y que he pasado el año.
Ahora que estoy lejos te diré. ¡Cuánto la amo!

Dime sinceramente qué piensas de este hijo.
Te salió tan extraño.
Renunció todo aquello que los otros ansiaban
y se hundió en sí, tanto, que quizá no es el mismo...

Seguramente piensas: "Estará enamorado".
Y habrás adivinado. Encontré una muchacha
con una voz blanquísima y los filos dorados,
el pelo hecho de espigas y sortijas de malta.

Y ahora, yo quisiera decirte que te amo,
pero de una manera que tú no sospechaste.
Verás. Ahora te amo en todas las mujeres,
te amo en todas las madres, te amo en todas las lágrimas
Tu dirás: "Esas cosas que tiene..."
No sé que le ha pasado. Tal vez esté enfermo.
Tal vez los libros raros...
Es que el amor de antes se me ha vuelto tan claro
que siento que ya nada es para mí extraño...




José Antonio Dávila

(1898 - 1941)

CARTA DE RECOMENDACIÓN

¡Señor!
Algún día llegará a tu cielo
una tímida y dulce viejecita,
los lirios de los años floreciendo en su pelo
y el rostro sonreído como una margarita.
Es la más hacendosa en la colmena,
donde por todos se ha sacrificado;
es tan buena, tan buena...
tal como el pan que a todos nos ha dado.

En tu casa, Señor, con su plumero
y su invariable pulcritud a tono,
sacudirá ese polvo de lucero
que empolve el mobiliario de tu trono.
Le dará cuerda al tiempo, traerá flores
de tu jardín y frutos de tu viña,
y pintará de fresco los colores
del arco iris cuando se destiña.

Pulirá los metales de la luna,
limpiará los fanales que tiene tu palacio
y tenderá a secar, una tras una,
las holandas de nube en el espacio.

Le cambiará la mecha a los faroles
de la vía y, asiendo su peineta
trenzará la melena de los soles
y la rebelde crin de los cometas.
Tu té de flor de algún celeste tilo
te hará en noches de invierno, cuando nieva
y, en tiempos de vendimia, pondrán un filo
a la hoz de argento de la luna nueva.
Zurcirá desgarrones
en la túnica de los serafines,
y traerá las esponjas y jabones
a la hora de bañar los querubines.

Te bordará en la almohada del nimbo más mullido,
con una hebra de sol, tus iniciales,
para que te eches cuando estés rendido
por tus preocupaciones inmortales.

Así ha sido acá abajo: nunca escasa,
de sí misma en el bien de dicha ajena,
es la abnegada de la casa
y la más hacendosa en la colmena.
Y así será arriba, en lo que pueda
hacer por otros no andará remisa,
ponla a sueldo, Señor, de una moneda:
la moneda de luz de tu sonrisa.

Su bien, cual su limpieza, penetra en los recodos
más ocultos del alma y la memoria;
solear, mullir el bienestar de todos
es lo que ella ha tenido como gloria.

Si recorriendo un día tu reinado,
sorprendes en su cara la fatiga,
y ella te dice que aún no se ha cansado.
¡No le creas, Señor, lo que te diga!...




Salvador Díaz Mirón

(1853 - 1928)

A GLORIA

No intentes convencerme de torpeza
con los delirios de tu mente loca!
Mi razón es al par luz y firmeza,
firmeza y luz como el cristal de roca!
Semejante al nocturno peregrino,
mi esperanza inmortal no mira al suelo:
no viendo más que sombra en mi camino,
sólo contempla el esplendor del cielo!
Vanas son las imágenes que entraña
tu espíritu infantil, santuario oscuro,
tu numen, como el oro en la montaña,
es virginal, y por lo mismo, impuro.
A través de este vértice que crispa,
y ávido de brillar, vuelo o me arrastro,
oruga enamorada de una chispa,
o águila seducida por un astro!
Inútil es que con tenaz murmullo
exagere el lance en que me enredo:
yo soy altivo, y el que alienta orgullo
lleva un broquel impenetrable al miedo!
Fiado en el instinto que me empuja,
desprecio los peligros que señalas.
“El ave canta aunque la rama cruja
Como que sabe lo que son sus alas!”
Erguido bajo el golpe en la porfía,
me siento superior a la victoria.
Tengo fe en mí: la adversidad podría
quitarme el triunfo, pero no la gloria!
¡Deja que me persigan los abyectos!
¡Quiero atraer la envida aunque me abrume!
La flor en que se posan los insectos
es rica de matiz y de perfume!
El mal es el teatro en cuyo foro
la virtud, esa trágica, descuella;
es la sibila de palabra de oro;
la sombra que hace resaltar la estrella!

¡Alumbrar es arder! ¡Estro encendido
será el fuego voraz que me consuma!
La perla brota del molusco herido
Y Venus nace de la amarga espuma!
Los claros timbres de que estoy ufano
han de salir de la calumnia ilesos.
Hay plumajes que cruzan el pantano
y no se manchan... ¡Mi plumaje es de esos!

¡Fuerza es que sufra mi pasión! La palma
crece en la orilla que el oleaje azota.
El mérito es el naufragio del alma:
vivo se hunde; pero muerto, flota!
Depón el ceño y que tu voz me arrulle!
Consuela el corazón del que te ama!
Dios dijo al agua del torrente: bulle!
Y al lirio de la margen: embalsama.
¡Confórmate, mujer! Hemos venido
a este valle de lágrimas que abate,
tú como la paloma, para el nido,
y yo como el león para el combate!




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