Poetas Latinoamericanos

C - D


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Manuel del Cabral

(1907 - 1999)

TRÓPICO PICAPEDRERO

Hombres negros pican sobre piedras blancas,
tienen en sus picos enredado el sol.
Y como si a ratos se exprimieran algo...
lloran sus espaldas gotas de charol.

De las piedras salta, cuando pica el pico,
picadillo fatuo de menudo sol,
que se apaga y vuelve cuando vuelve el pico
como si en las piedras reventara Dios.

Dentro de una gota de sudor se mete
la mañana enorme -pero grande no-.

Saltan de los cráneos de las piedras chispas
que los pensamientos de las piedras son,
y los hombres negros cantan cuando pícan
como si ablandara las piedras su voz.

Mas los hombres cavan, y no acaban nunca...
cavan la cantera: la de su dolor.
Contra la inocencia de las piedras blancas
los haitianos pican, bajo un sol de ron.
Los negros que erizan de chispas las piedras
son noches que rompen pedazos de sol.

Hoy buscando el oro de la tierra encuentran
el oro más alto, porque su filón
es aquel del día que pone en los picos astillas
de estrellas, como si estuvieran
sobre la montaña picoteando a Dios.




Luis Cané

(1897 - 1957)

ROMANCE DE LA NIÑA NEGRA

Toda vestida de blanco,
almidonada y compuesta,
en la puerta de su casa
estaba la niña negra.

Un erguido moño blanco
decoraba su cabeza,
collares de cuentas rojas,
al cuello le daban vueltas.

Las otras niñas del barrio
jugaban en la vereda,
las otras niñas del barrio
nunca jugaban con ella.

Toda vestida de blanco,
almidonada y compuesta,
en un silencio sin lágrimas
lloraba la niña negra.

II

Toda vestida de blanco,
almidonada y compuesta,
en su féretro de pino
reposa la niña negra.

A la presencia de Dios
un ángel blanco la lleva;
la niña negra no sabe
si ha de estar triste o contenta.

Dios, la mira dulcemente,
le acaricia la cabeza,
y un lindo par de alas blancas
a su cabeza sujeta.

Los dientes de mazamorra
brillan a la niña negra.
Dios llama a todos sus ángeles,
y dice: "Jugad con ella'




Arturo Capdevila

(1889 - 1967)

CANCIÓN DEL PRIMER AMOR

¡Ah, qué gloria! Vino de pronto, traviesa,
la fresca chiquilla de la edad jovial:
las mejillas, rosas; la boquita fresca,
y la muy querida me tocó el cristal.

Yo seguí con ella camino del huerto.
¡Oh, la primavera bajo el huerto en flor!
Yo seguí con ella, soñando despierto...
Y no fue más que esto mi primer amor.




Ana Amélia Carneiro de Mendonça

(1896 - 1971)

CANSANCIO

Esta mañana siento un enorme cansancio,
un profundo cansancio
que no puedo explicar.
Estirada en el pasto,
entumecida de calor
y vencida de sueño,
aquí estoy, sin acción ni pensamiento,
sin placer, sin dolor,
en completo abandono
de cosa inerte,
Esta mañana siento un extraño sopor,
¡qué profundo sopor!
que no puedo vencer.
No tiene este cansancio término ni motivo
Nada hay que me despierte.
Y yo llego a creer que apenas vivo
una anticipación del día de la muerte.
Me muero de cansancio.
No es mío solamente este cansancio.
no puede ser tan sólo mío.
Debe ser un cansancio que me llega
de generaciones pasadas,
cansancio de amarguras y de penas
dentro del tiempo acumuladas.
Cansancio hereditario
cuyo comienzo alcanza otras edades.
Cansancio de alma y de materia
arrastradas en largas caminatas
por distantes desiertos y ciudades
y por regiones desoladas
que un día florecieron.
Cansancio trasmitido
por cuerpos que lucharon y murieron.
Cansancio de hombros que arrastraron
grillos de hierro o mantos de oro,
y de ásperas manos que mataron.

Cansancio de revueltas sofocadas,
de angustias sin palabras,
de glorias tristes que humillaron.
Cansancio de clamar por la justicia,
cansancio de esperar por la verdad,
cansancio de soñar.
Todo ese peso pesa ahora en mi cuerpo,
crece y aumenta mi abatimiento.
Inútilmente extiendo los ojos, busco espacio,
soy como un gusano en el suelo.
¡Quién sabe si mi cuerpo quieto, laxo,
no busca ya, enervado de sopor,
descansar para siempre de este enorme cansancio!




José Eusebio Caro

(1817 - 1853)

EN BOCA DEL ÚLTIMO INCA

Ya de los blancos el cañón huyendo,
hoy a la falda del Pichincha viene,
como el sol vago, como el sol ardiente,
como el sol libre.

¡Padre Sol, oye! Por el polvo yace
de Manco el tronco; profanadas gimen
tus santas aras; yo te ensalzo solo,
¡solo, más libre!
¡Padre Sol, oye! Sobre mí la marca
de los esclavos señalar no quise
a las naciones; a matarme vengo,
¡ignoto y libre!
Hoy podrás verme desde el mar lejano,
cuando comiences en ocaso a hundirte,
sobre la cima del volcán tus himnos
cantando libre:

Mañana solo, cuando ya de nuevo
por el Oriente tu corona brille,
tu primer rayo dorará mi tumba,
¡mi tumba libre!
Sobre ella el cóndor bajará del cielo;
sobre ella el cóndor que en las cumbres vive
ponga sus huevos y armará su nido
¡ignoto y libre!


Jorge Carrera Andrade

(1902 - 1978)

ÁRBOL DE LUZ TU CUERPO

Tú, la mayor, la excelsa forma humana
flor del planeta, suma luminosa
del ala, del azul, de la mañana,
de la rosa encondida en cada cosa.

Árbol de luz tu cuerpo, ave y campana,
tu dulce voz rompió su fruta hermosa.
Venciste, de palomas capitana
la soledad del hombre con tu rosa.

Ya el árbol por el fuego consumido,
la fruta ya campana de ceniza,
ya la campana, hueso de sonido,

tu presencia de música perdura,
paso de aroma y eco entre la brisa,
luz sobre la derruida arquitectura.

BIOGRAFÍA SECRETA DEL HIJO

Más pesado que el mundo en la entraña te hospedas,
mucho menos que un pájaro, una espiga
o un dulce mineral que se enciende en la tierra,
apenas como pluma o grano que germina,

o como lenta sangre que va palideciendo
hasta volverse almendra transitoria,
gris almendra que crece y se nutre en su sueño
ensanchando su cáscara de sombra.

Te mueves en lo obscuro, larva, ínfimo forzado
con el presentimiento de la luz nunca vista.
Huésped de ojos cerrados
sacudes en la noche tus ligaduras vivas.

Gravedad del rostro eres y peso de la entraña,
de un cuerpo de mujer habitante uterino.
Inmigrante venido de la nada
con tus manos vacías y tu dolor de siglos.

ISOLINA

Envuelta en una limpia claridad de manzana
va la tía Isolina con su paso monjil
lavando el comedor. Es su mano liviana
al sacudir el agua, un hisopo de abril.

Isolina es más blanca que la candeal harina,
más inocente y simple que el nevado mantel
cuando, desde la sombra rosa de la cocina,
hace sonar el tiemo coraz6n del pastel.

Vara santa, florida de castas intenciones,
emplea su piedad desde que sale el sol
en fabricar compotas, en airear los melones
y en echar una perla de llanto en el perol.

Isolina: un revuelo de ropa almidonada
que aletea turbando el corredor monjil,
un olor de melones y una mano nevada
que nos roza las sienes en la luna de abril.

EDICIÓN DE LA TARDE

La tarde lanza su primera edición de golondrinas
anunciando la nueva política del tiempo,
la escasez de las espigas de la luz,
los navíos que salen a flote en el astillero del cielo,
el almacén de sombras del poniente,
los motines y desórdenes del viento,
el cambio de domicilio de los pájaros,
la hora de apertura de los luceros.

La súbita defunción de las cosas
en la marea de la noche ahogadas,
los débiles gritos de auxilio de los astros
desde su prisión de infinito y de distancia,
la marcha incesante de los ejércitos del sueño
contra la insurrección de los fantasmas
y, al filo de las bayonetas de la luz, el orden nuevo
implantado en el mundo por el alba.

LA VIDA PERFECTA

Conejo, hermano tímido, mi maestro y filósofo
Tu vida me ha enseñado la lección del silencio.
Como en la soledad hallas tu mina de oro
no te importa la eterna marcha del universo.

Pequeño buscador de la sabiduría,
hojeas como un libro la col humilde y buena,
y observas las maniobras que hacen las golondrinas
como San Simeón, desde tu oscura cueva.

Pídele a tu buen Dios una huerta en el cielo,
una huerta con coles de cristal en la gloria,
un salto de agua dulce para tu hocico tierno
y sobre tu cabeza un vuelo de palomas.

Tú vives en olor de santidad perfecta.
Te tocará el cordón del padre San Francisco
el día de tu muerte. ¡Con tus largas orejas
jugarán en el cielo las almas de los niños!




Evaristo Carriego

(1883 - 1912)

LA COSTURERITA QUE DIO AQUEL MAL PASO

La costurerita que dio aquel mal paso...
-y lo peor de todo, sin necesidad-
con el sinvergüenza que no la hizo caso
después... -según dicen en la vecindad-
se fue hace dos días. Ya no era posible
fingir por más tiempo. Daba compasión
verla aguantar esa maldad insufrible
de las compañeras, ¡tan sin corazón!

Aunque a nada llevan las conversaciones,
en el barrio corren mil suposiciones,
y hasta en algo grave se llega a creer.

¡Qué cara tenía la costurerita,
qué ojos más extraños, esa tardecita
que dejó la casa para no volver!...

EN EL BARRIO

Ya los de la casa se van acercando
al rincón del patio que adorna la parra,
y el cantor del barrio se sienta, templando
con mano nerviosa la dulce guitarra.

La misma guitarra, que aún lleva en el cuello
la marca indeleble, la marca salvaje
de aquel despechado que soñó el degüello
del rival dichoso tajeando el cordaje.

Y viene la trova: rimada misiva,
en décimas largas, de amable fiereza,
que escucha insensible la despreciativa
moza, que no quiere salir de la pieza...

La trova que historia sombrías pasiones
de alcohol y de sangre, castigos crueles,
agravios mortales de los corazones
y muertes violentas de novias infieles...

Sobre el rostro adusto tiene el guitarrero
viejas cicatrices de cárdeno brillo,
en el pecho un hosco rencor pendenciero
y en los negros ojos la luz del cuchillo.

Y muestra, insolente, pues se va exaltando,
su bestial cinismo de alma atravesada:
¡Palermo le ha oído quejarse, cantando
celos que preceden a la puñalada!
Y no es para el “otro” su constante enojo...
¡A ese desgraciado que a golpes maneja,
le hace el mismo caso, por bruto y por flojo,
que al “pucho” que olvida detrás de la oreja!

¡Pues tiene unas ganas su altivez airada
de concluir con todas las habladurías!...
¡Tan capaz se siente de hacer una hombrada
de la que hable el barrio tres o cuatro días!...

...Y con la rudeza de un gesto rimado,
la canción que dice la pena del mozo
termina en un ronco lamento angustiado,
¡como una amenaza que acaba en sollozo!

MAMBORETÁ

I
Así la llaman todos los chicos de Palermo.
Es la risa del barrio con su rostro feúcho
y su andar azorado de animalito enfermo.
Tiene apenas diez años, pero ha sufrido mucho...
Los domingos temprano, de regreso de misa
la encuentran los muchachos vendedores de diarios
y en seguida comienza la jarana, la risa,
y las zafadurías de los más perdularios.

Como cuando le gritan su apodo no responde,
la corren, la rodean y “Mamboretá” ¿en dónde
esta Dios? - le preguntan los muchachos traviesos.
Mamboretá suspira, y si es que alguno insiste:
-¿Dónde está Dios?- le mira mansamente con esos
sus ojos pensativos de animalito triste.

II

Una viuda sin hijos la sacó de la cuna,
y alguien dice, con mucha razón, que lo hizo adrede,
de bruja, de perversa no más, pues le da una
vida tan arrastrada, que ni contar se puede.

Mamboretá trabaja desde por la mañana;
sin embargo, no falta quienes la llaman floja,
la viuda, sobre todo, la trata de haragana,
y, si está con la luna, de cuanto se le antoja:

-“La inútil, la abriboca, la horrible, la tolola...”
Mamboretá no ha oído todavía una sola
Palabra de cariño. ¡Pobre Mamboretá!
Todo el mundo la grita, todos la manosean,
y las mujeres mismas a veces la golpean...
¡Ah, cómo se conoce que no tiene mamá!

RESIDUO DE FÁBRICA

Hoy ha tosido mucho. Van dos noches
que no puede dormir; noches fatales,
en esa oscura pieza donde pasa
sus más amargos días, sin quejarse.

El taller la enfermó, y así vencida
en plena juventud, quizá no sabe
de una hermosa esperanza que acaricie
sus largos sufrimientos de incurable.

Abandonada siempre, son sus horas
como una enfermedad: interminables.
Sólo a ratos, el padre se le acerca
cuando llega borracho, por la tarde...

Pero es para decirle lo de siempre,
el invariable insulto, el mismo ultraje:
¡le reprocha el dinero que le cuesta
y la llama haragana, el miserable!
Ha tosido de nuevo. El hermanito
que a veces en la pieza se distrae
jugando, sin hablarla, se ha quedado
de pronto serio como si pensase...

Después, se ha levantado, y bruscamente
se ha ido murmurando al alejarse,
con algo de pesar y mucho de asco:
-que la puerca, otra vez escupe sangre...

EN EL CAFÉ

Desde hace una semana falta ese parroquiano
que tiene una mirada tan llena de tristeza
y que todas las noches, sentado junto al piano,
bebe, invariablemente, su vaso de cerveza
y fuma su cigarro... Que silenciosamente
contempla a la pianista que agota el repertorio
plebeyo, agradeciendo con aire indiferente
la admiración ruidosa del modesto auditorio.

Hace ya cinco noches que no ocupa su mesa
Y en el café su ausencia se nota con sorpresa.
¡Es raro, cinco noches... y sin aparecer!
Entre los habituales hay algún indiscreto
que asegura a los otros, en tono de secreto,
que hoy está la pianista más pálida que ayer.

LA VUELTA DE CAPERUCITA

Entra sin miedo, hermana; no te diremos nada.
¡Qué cambiado está todo, qué cambiado! ¿No es cierto?
¡Sí supieras la vida que llevamos pasada!
Mamá ha caído enferma y el pobre viejo ha muerto...
Los menores te extrañan todavía, y los otros
verán en ti la hermana perdida que regresa:
puedes quedarte, siempre tendrás entre nosotros,
con el cariño de antes, un lugar en la mesa.
Quédate con nosotros. Sufres y vienes pobre.
Ni un reproche te haremos: ni una palabra sobre
el oculto motivo de tu distanciamiento;
ya demasiado sabes cuánto te hemos querido:
aquel día, ¡recuerdas?, tuve un presentimiento...
¡Si no te hubieras ido!...




Alejandro Carrión

(1915 - 1992)

CANCIÓN

Dame tu flor, oscura golondrina,
el rastro de tu vuelo, la tersura
de tus plumas de seda.

Tu, caracol azul de las fontanas,
dame el húmedo rastro que en la arena
brindas a la mañana.

Tú, dorado canario que en la jaula
de cantos llenas tu pequeño tiempo,
dame la lumbre de tus alas pálidas.

Tu vuelo, golondrina; tu sonrisa,
muchacha que en la calle vas cantando;
tus pétalos, begonia.

Tu perfume violento, nardo arisco;
tu sed, celoso cardo;
tu labio, voz con alas.

La luz, la voz, el ala y la sonrisa,
la marcha tarda y lenta del corazón que gime,
el caracol, tal vez la golondrina.

¿Qué quiere el viento, dime, qué persigue?:
¿Qué quiere el corazón? Dame tu flor morada, golondrina.




Alejandro Casona

(1903 - 1965)

EL MILAGRO PEQUEÑO

Aquella pobre niña
que aún no tenía senos,
y la niña lloraba:
-Yo quiero tener senos.

-Señor, haz un milagro
un milagro pequeño...
Pero Dios no la oía
allá arriba tan lejos.
Y cogió dos palomas;
se las puso en el pecho,
pero las dos palomas
levantaron el vuelo
Y cogió dos magnolias
se las puso en el pecho,
pero las dos magnolias
deshojaron sus pétalos.
Y cogió dos estrellas,
se las puso en el pecho,
las estrellas temblaron
y se apagaron luego.
Y cogió dos panales,
se los puso en el pecho,
y la miel y la cera
se helaron en el viento.

Señor: haz un milagro,
un milagro pequeño...
pero Dios no la oía
allá arriba tan lejos.

Y un día fue el amor.
Lo estrechó contra el pecho
y se sintió florida
le nacieron dos senos
con picos de paloma
con temblor de luceros,
como magnolias, blancos,
como panales, llenos
Igual que dos milagros,
dos milagros pequeños...




Abel Romeo Castillo

(1904 - 1996)

ROMANCE DE MI DESTINO

Todo lo que quise yo
tuve que dejarlo lejos.
Siempre tengo que escaparme
y abandonar lo que quiero.
(Yo soy el buque fantasma
que no puede anclar en puertos.)
Ando buscando refugios
en retratos y en espejos
en cartas apolilladas
y en pálidos documentos.

¡Por más que estire las manos
nunca te alcanzo, lucero!
Jugo de amargos adioses
es mi vaso predilecto.
Yo me bebo a tragos largos
mi pócima de recuerdos
y me embriago en lejanías
para acariciar mis sueños.
¡Nadie sabe como yo
lenguaje de los pañuelos
agitándose en los muelles
sacudiendo el aire, trémulo!
Nadie como yo nació
con destino marinero
(¡La única flor que conozco
es la rosa de los vientos!)




Fernanda de Castro

(1900 - 1994)

ALEGRÍA

De pasadas tristezas, desengaños,
amarguras reunidas en treinta años,
de viejas ilusiones,
de pequeñas traiciones
que encontré en mi camino...
De cada injusto mal, de cada espino,
que dejome en el pecho mancha oscura
de una nueva amargura...
De cada crueldad
que en luto desoló a mi mocedad.
De cada injusta pena
que un día envenenó y aún envenena
a mi alma que fue tranquila y fuerte...
De cada muerte
que aún vive entremezclándose a mi vida,
ya perdonada, ya olvidada.
De cada cicatriz
yo pude hacer un día
no dolor, ni tristeza, ni nostalgia,
sino heroica alegría...
Alegría sin causa, alegría animal,
que ningún mal
puede vencer...
Loco placer
de respirar.
Oh voluptuosidad, la de encontrar
la tierra en flor bajo los pies descalzos...
Placer de abandonar los gestos falsos,
placer de regresar,
de respirar
honestamente y sin caprichos,
como las hierbas y como los bichos..
Alegría voluptuosa
de trincar frutos y de oler las rosas...
Alegría sutil
de abandonarme al sol como un reptil.
Alegría brutal y primitiva
de estar viva,
feliz o infeliz
pero bien agarrada a la raíz.
Placer el de sentir en esta mano
la corteza del pan rubio y lozano.
Placer el de sentirme ágil y fuerte
y de saber que sólo es la muerte
la triste y sin remedio.
Placer de renegar, de destruir el tedio,
ese extraño cilicio
y de darme a la vida, entera, como a un vicio.
¡Alegría!
¡Alegría!
Alegría de sentirme cada día
más cansada, más triste y dolorida,
y cada vez amando más la vida.




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